ACTUALIZACIÓN DE ENTRADAS (05-IX-2017)

La Antigua Grecia durante el siglo V a. C.


A los griegos que se hallaban en las Termópilas el primero que les anunció que iban a morir al rayar el día fue el adivino Megistias, pues lo había observado en las entrañas de las víctimas; posteriormente, hubo asimismo unos desertores que les informaron de la maniobra envolvente de los persas (esos sujetos dieron la alarma cuando todavía era de noche); mientras que, en tercer lugar, lo hicieron los vigías, que bajaron corriendo de las cumbres cuando ya alboreaba el día. Los griegos, entonces, estudiaron la situación y sus pareceres discreparon: unos se negaban a abandonar la posición, en tanto que otros se oponían a ese plan. Finalmente, los efectivos griegos se separaron y mientras que unos se retiraron, dispersándose en dirección a sus respectivas ciudades, otros se mostraron dispuestos a quedarse allí con Leónidas [...]. Entretanto, al salir el sol, Jerjes efectuó unas libaciones y, tras aguardar cierto tiempo, poco más o menos hasta la hora en la que el ágora se ve concurrida, inició finalmente su ataque (pues era eso precisamente lo que le había recomendado Epialtes, ya que para bajar desde la montaña se necesitaba menos tiempo, y el trecho a salvar era mucho más corto que para subir a ella dando un rodeo). Los bárbaros de Jerjes se lanzaron, pues, al asalto y, en aquellos instantes, los griegos de Leónidas, como personas que iban al encuentro de la muerte, se aventuraron, mucho más que en los primeros combates, a salir a la zona más ancha del desfiladero. Durante los días precedentes, como lo que se defendía era el muro que protegía la posición, se limitaban a realizar tímidas salidas y a combatir en las zonas más angostas. Pero en aquellos momentos, trabaron combate fuera del paso y los bárbaros sufrieron cuantiosas bajas, pues, situados detrás de sus unidades, los oficiales, provistos de látigos, azotaban a todo el mundo, obligando a sus hombres a proseguir sin cesar su avance. De ahí que muchos soldados cayeran al mar, perdiendo la vida, y muchísimos más perecieron al ser pisoteados vivos por sus propios camaradas; sin embargo, nadie se preocupaba del que sucumbía. Los griegos, como sabían que iban a morir debido a la maniobra envolvente de los persas por la montaña, desplegaron contra los bárbaros todas las energías que les quedaban con un furor temerario. Llegó, finalmente, un momento en que la mayoría de ellos tenían ya sus lanzas rotas, pero siguieron matando a los persas con sus espadas. En el transcurso de esta gesta cayó Leónidas, tras un heroico comportamiento, y con él otros destacados espartiatas, cuyos nombres he conseguido averiguar, ya que fueron personajes dignos de ser recordados, y, asimismo, he logrado averiguar, en su totalidad, los nombres de los trescientos. [...] Por el cadáver de Leónidas se suscitó una encarnizada pugna entre persas y lacedemonios, hasta que los griegos, merced a su valentía, lograron hacerse con él y en cuatro ocasiones obligaron a retroceder a sus adversarios. Esa fase de la batalla se prolongó hasta que se presentaron los persas que iban con Epialtes; pues, cuando los griegos se percataron de que dichos efectivos habían llegado, la lucha cambió radicalmente de aspecto: los griegos se batieron en retirada hacia la zona más estrecha del paso y, después de rebasar el muro, fueron a apostarse sobre la colina todos ellos juntos a excepción de los tebanos. [...] En dicho lugar se defendían con sus dagas quienes tenían la suerte de conservarlas todavía en su poder, y hasta con las manos y los dientes, cuando los bárbaros los sepultaron bajo una lluvia de proyectiles, ya que unos se lanzaron en su persecución y, tras demoler el muro que protegía la posición, los hostigaban de frente, mientras que otros, después de la maniobra envolvente, los acosaban por todas partes. HERÓDOTO: Historia, VII, 219-228.


 
Mapas de las Guerras Médicas y de la Batalla de Maratón

Inmediatamente una nave clavó en otra nave su espolón de bronce. Inició el ataque una nave griega y rompió en pedazos todo el mascarón de la popa de un barco fenicio. Cada cual dirigía su nave contra otra nave. Al principio, con la fuerza de un río resistió el ataque el ejército persa; pero, como la multitud de sus naves se iba apelotonando dentro del estrecho, ya no existía posibilidad de que se ayudasen unos a otros sino que entre ellos mismos se golpeaban  con sus propios espolones de proa reforzados con bronce y destrozaban el aparejo de remos completo. Entretanto, las naves griegas, con gran pericia, puestas en círculo las atacaban [...] Las riberas y los escollos se iban llenando de cadáveres. Cuantas naves quedaban de la armada bárbara todas remaban en pleno desorden buscando la huida. ESQUILO: Los persas, 410 y s.


La última batalla de los 300

Decidido Licurgo a eliminar la desmesura y la envidia, el crimen y el lujo, y esos males aún más arraigados para el Estado, que son la pobreza y la riqueza, convenció a sus ciudadanos para hacer un todo del territorio, dividirlo de nuevo y vivir en una total uniformidad e igualdad en los medios de subsistencia, no concediendo preeminencia sino a la virtud, en la idea de que la única desigualdad entre los hombres es la que establecen la condena de las malas acciones y la alabanza de las buenas. PLUTARCO: Licurgo, 8.
Los espartiatas, en ese sentido, han otorgado a sus reyes los siguientes privilegios: dos sacerdocios, el de Zeus Lacedemón y el de Zeus Uranio; y, además, la facultad de declarar la guerra al país que quieran, sin que ningún espartiata pueda impedírselo, ya que, si lo intenta, dicho sujeto incurre en sacrilegio. Durante las operaciones bélicas los reyes van a la vanguardia siendo los últimos en retirarse; y, mientras están en campaña, cien soldados de élite constituyen su guardia personal. HERÓDOTO: Historia, VI, 56.

En Esparta los más influyentes están muy sometidos a los magistrados y se precian de estarlo [...] Porque los éforos tienen poder para multar a quien quieran, autoridad para exigir pago inmediato y autoridad incluso para cesar a los magistrados, y encarcelarlos y llevarlos a juicio de pena capital. [... Licurgo] al conceder, así, a los ancianos competencia en procesos capitales, hizo que la vejez fuese más estimada que la fuerza pujante de la juventud. JENOFONTE: La república de los lacedemonios, VIII, 2 y 4, y X, 1.

Sistemas políticos de Esparta y Atenas

Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida. [...] En el sistema de prepararnos para la guerra también nos distinguimos de nuestros adversarios en estos aspectos: nuestra ciudad está abierta a todo el mundo, y en ningún caso recurrimos a las expulsiones de extranjeros para impedir que se llegue a una información u observación de algo que, de no mantenerse en secreto, podría resultar útil al enemigo que lo descubriera. Esto porque no confiamos tanto en los preparativos y estratagemas como en el valor que sale de nosotros mismos en el momento de entrar en acción. Y en lo que se refiere a los métodos de educación, mientras que ellos, desde muy jóvenes, tratan de alcanzar la fortaleza viril mediante un penoso entrenamiento, nosotros, a pesar de nuestro estilo de vida más relajado, no nos enfrentamos con menos valor a peligros equivalentes. He aquí una prueba: los lacedemonios no emprenden sus expediciones contra nuestro territorio sólo con sus propias fuerzas, sino con todos sus aliados; nosotros, en cambio, marchamos solos contra el país de otros y, a pesar de combatir en tierra extranjera contra gentes que luchan por su patria, de ordinario nos imponemos sin dificultad. Ningún enemigo se ha encontrado todavía con todas nuestras fuerzas unidas, por coincidir nuestra dedicación a la flota con el envío por tierra de nuestras tropas en numerosas misiones; ellos, sin embargo, si llegan a trabar combate con una parte, en caso de conseguir superar a algunos de los nuestros, se jactan de habernos rechazado a todos, y, si son vencidos, que han sido derrotados por el conjunto de nuestras fuerzas. Pero, en definitiva, si nosotros estamos dispuestos a afrontar los peligros con despreocupación más que con penoso adiestramiento, y con un valor que no procede tanto de las leyes como de la propia naturaleza, obtenemos un resultado favorable: nosotros no nos afligimos antes de tiempo por las penalidades futuras y, llegado el momento, no nos mostramos menos audaces que los que andan continuamente atormentándose; y nuestra ciudad es digna de admiración en estos y en otros aspectos. Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria, y entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse por medio de la palabra antes de proceder a lo necesario mediante la acción. También nos distinguimos en cuanto a que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos nuestros cálculos sobre las acciones que vamos a emprender, mientras que a los otros la ignorancia les da coraje, y el cálculo, indecisión. Y es justo que sean considerados los más fuertes de espíritu quienes, aun conociendo perfectamente las penalidades y los placeres, no por esto se apartan de los peligros. También en lo relativo a la generosidad somos distintos de la mayoría, pues nos ganamos los amigos no recibiendo favores, sino haciéndolos. Y quien ha hecho el favor está en mejores condiciones para conservar vivo, mediante muestras de benevolencia hacia aquel a quien concedió el favor, el agradecimiento que se le debe. El que lo debe, en cambio, se muestra más apagado, porque sabe que devuelve el favor no con miras a un agradecimiento sino para pagar una deuda. Somos los únicos, además, que prestamos nuestra ayuda confiadamente, no tanto por efectuar un cálculo de la conveniencia como por la confianza que nace de la libertad. Resumiendo, afirmo que nuestra ciudad es, en su conjunto, un ejemplo para Grecia, y que cada uno de nuestros ciudadanos individualmente puede, en mi opinión, hacer gala de una personalidad suficientemente capacitada para dedicarse a las más diversas formas de actividad con una gracia y habilidad extraordinarias. Y que esto no es alarde de palabras inspirado por el momento, sino la verdad de los hechos, lo indica el mismo poder de la ciudad, poder que hemos obtenido gracias a estas particularidades que he mencionado. Porque, entre las ciudades actuales, nuestra es la única que, puesta a prueba, se muestra superior a su fama, y la única que no suscita indignación en el enemigo que la ataca, cuando éste considera las cualidades de quienes son causa de sus males, ni, en sus súbditos, el reproche de ser gobernados por hombres indignos. Y dado que mostramos nuestro poder con pruebas importantes, y sin que nos falten los testigos, seremos admirados por nuestros contemporáneos y por las generaciones futuras, y no tendremos ninguna necesidad de un Homero que nos haga el elogio ni de ningún poeta que deleite de momento con sus versos, aunque la verdad de los hechos destruya sus suposiciones sobre los mismos; nos bastará con haber obligado a todo el mar y a toda la Tierra a ser accesibles a nuestra audacia, y con haber dejado por todas partes monumentos eternos en recuerdo de males y bienes. Tal es, pues, la ciudad por la que estos hombres han luchado y han muerto, oponiéndose noblemente a que les fuera arrebatada, y es natural que todos los que quedamos estemos dispuestos a sufrir por ella. TUCÍDIDES: Historia de la Guerra del Peloponeso, II 37-41.

Mapa de la Guerras del Peloponeso

Los atenienses y los peloponesios comenzaron el conflicto tras haber rescindido el tratado de paz que por treinta años acordaron tras la toma de Eubea. Y el por qué de esta ruptura, las causas y las divergencias, comencé por explicarlas al principio, a fin de evitar que alguien inquiriera alguna vez de dónde se originó un conflicto bélico tan grande entre los griegos. Efectivamente, la causa más verdadera [próphasis] (aunque la menos aclarada públicamente) es, según creo, que los atenienses, al acrecentar su podería y provocar miedo a los lacedemonios, les obligaron a entrar en guerra. En cambio, las inculpaciones [aitíai] que se hicieron públicamente por parte y parte, a resultas de las cuales rescindieron la tregua y se enzarzaron en la guerra. TUCÍDIDES: Historia de la Guerra del Peloponeso, I 22-23.



MATERIAL COMPLEMENTARIO: La época Clásica por Biblioteca Virtual M. de CervantesPalladium, .
Protagonistas: Dario, Jerjes, Leónidas, Temísticles, Pericles
Guerras Médicas
Atenas por Wikipedia y ArteHistoria; y Esparta por Wikipedia, ArteHistoria, J. D. Cepeda Ruiz y IES Universidad Laboral de Cáceres (sistemas políticos).
Guerras del Peloponeso por M. Ovejas.
Documentales "Código de honor" y "Mareas de guerra" de la serie Rise and fall of the spartans"Maratón" de la serie Decisiones de mando"Los espartanos" de la serie Black Ops de la Antigüedad, "Las guerra de Esparta" de la serie En la línea de fuego, "Atenas: entre el mito y la historia""Atenas y la democracia del siglo V a.c.""La Atenas de Pericles", "Guerras del Peloponeso", "La Guerra del Peloponeso" de A. Maza, "Siracusa, el desastre de Atenas"; y vídeos "Las Guerras Médicas" de ArteHistoria, "La democracia en Grecia" de I. Monzón, "Las Guerras Médicas" y "Las Guerras del Peloponeso" partes 1 y 2 de Educatina.
Podcasts "I Guerra Médica" de Histocast; "Leónidas vs Jerjes" y "Esparta y el paso de las Termópilas" de Pasajes de la Historia de J. A. Cebrián.
Cómic 300 de Frank Miller [pdf].
MATYSZAK, P. (2012): La antigua Atenas por cinco dracmas al día.
PRÁCTICA "Mapa político de la Antigua Grecia" ficha de la actividad y juego interactivo en Educaplay.Cine: 300 (2006).
FUENTES: WikimediaBiblioteca Virtual Miguel de Cervantes, UNEDF. Javier Arrimada García, Undevicesimus y Profesor Francisco.
ESPINOSA, Y. y MUÑOZ, M. R. (1997): Cultura Clásica, ESO, Segundo Ciclo, Akal, pp. 26