ACTUALIZACIÓN DE ENTRADAS: La Guerra de Sucesión española y los Borbones ilustrados. - Las revoluciones liberales del siglo XIx. - (06-XI-2016)

El caballero medieval


Les gusta oír y escuchar a los hombres de pro hablar de acciones militares, y les gusta ver a los caballeros con sus armas, y disfrutan mirando las finas monturas y los caballos de carga. GEOFFROI DE CHARNY (1350): Libro de caballería.
Sus bacinetes lucía bruñidos y radiantes, resplandeciendo a la luz del sol; sus lanzas, sus pendones y sus escudos iluminaban los campos a su paso. Sus mejores y más relucientes estandartes, sus caballos de mil tonalidades, sus escudos de armas de diversos colores, y sus túnicas blancas como la harina, los hacía parecer resplandecientes cuales ángeles del Reino de los Cielos. BARBOUR, J. : The Bruce.


[en construcción]

El Carlismo


Desde el pasado mes de marzo, Cataluña está entrega­da a perturbaciones que, habiendo comenzado parciales y aisladas, han tomado más tarde cierto aumento y se desarro­llan de manera tan amenazadora que hay que temer que muy pronto cubran la provincia entera. Al comienzo los gritos de los rebeldes eran "Viva Carlos quinto, viva la Inquisición, muerte a los negros [liberales], fuera los franceses". Al pasar del sur al norte la sedición los ha cambiado y ahora son "Viva el rey absoluto, viva la Inquisición, fuera la policía y los sectarios". Tomaban antes el nombre de "carlistas"; actualmente se lla­man "realistas agraviados". El triunfo de la religión, el resta­blecimiento de la Inquisición y la muerte de los negros [liberales]: he aquí lo que es común a los facciosos del sur y del norte, a los de ayer y a los de hoy. Informe del embajador francés en España (1827).

Alejandro Magno


Filipo fue rey de los macedonios durante veinticuatro años, y aunque dispuso de pocos recursos convirtió a su reino en la mayor potencia de Europa, y esto a pesar de que se hizo cargo de un país avasallado por los ilirios [...] Merced a su decisión consiguió el mando de Grecia de manos de ciudades que reconocían gustosamente su primacía. Venció a quienes violaron el santuario de Delfos [...] Después de someter a los ilirios, peones, tracios, escitas y demás pueblos limítrofes afrontó la tarea de disolución del Imperio persa. Cuando a la cabeza de un ejército se disponía a liberar a las ciudades griegas de Asia fue sorprendido por el límite del destino. Dejó un poderío de tal magnitud que su hijo Alejandro no tuvo necesidad de recurrir a sus socios para destrozar la hegemonía persa. Estas realizaciones no fueron producto de la suerte, sino de sus propias virtudes, ya que el rey Filipo destacó por su ingenio militar, por su valor y por la esplendidez de su carácter. DIODORO DE SICILIA, Biblioteca Histórica, XVI, 1, 1-6.

La Antigua Grecia durante el siglo V a. C.


A los griegos que se hallaban en las Termópilas el primero que les anunció que iban a morir al rayar el día fue el adivino Megistias, pues lo había observado en las entrañas de las víctimas; posteriormente, hubo asimismo unos desertores que les informaron de la maniobra envolvente de los persas (esos sujetos dieron la alarma cuando todavía era de noche); mientras que, en tercer lugar, lo hicieron los vigías, que bajaron corriendo de las cumbres cuando ya alboreaba el día. Los griegos, entonces, estudiaron la situación y sus pareceres discreparon: unos se negaban a abandonar la posición, en tanto que otros se oponían a ese plan. Finalmente, los efectivos griegos se separaron y mientras que unos se retiraron, dispersándose en dirección a sus respectivas ciudades, otros se mostraron dispuestos a quedarse allí con Leónidas [...]. Entretanto, al salir el sol, Jerjes efectuó unas libaciones y, tras aguardar cierto tiempo, poco más o menos hasta la hora en la que el ágora se ve concurrida, inició finalmente su ataque (pues era eso precisamente lo que le había recomendado Epialtes, ya que para bajar desde la montaña se necesitaba menos tiempo, y el trecho a salvar era mucho más corto que para subir a ella dando un rodeo). Los bárbaros de Jerjes se lanzaron, pues, al asalto y, en aquellos instantes, los griegos de Leónidas, como personas que iban al encuentro de la muerte, se aventuraron, mucho más que en los primeros combates, a salir a la zona más ancha del desfiladero. Durante los días precedentes, como lo que se defendía era el muro que protegía la posición, se limitaban a realizar tímidas salidas y a combatir en las zonas más angostas. Pero en aquellos momentos, trabaron combate fuera del paso y los bárbaros sufrieron cuantiosas bajas, pues, situados detrás de sus unidades, los oficiales, provistos de látigos, azotaban a todo el mundo, obligando a sus hombres a proseguir sin cesar su avance. De ahí que muchos soldados cayeran al mar, perdiendo la vida, y muchísimos más perecieron al ser pisoteados vivos por sus propios camaradas; sin embargo, nadie se preocupaba del que sucumbía. Los griegos, como sabían que iban a morir debido a la maniobra envolvente de los persas por la montaña, desplegaron contra los bárbaros todas las energías que les quedaban con un furor temerario. Llegó, finalmente, un momento en que la mayoría de ellos tenían ya sus lanzas rotas, pero siguieron matando a los persas con sus espadas. En el transcurso de esta gesta cayó Leónidas, tras un heroico comportamiento, y con él otros destacados espartiatas, cuyos nombres he conseguido averiguar, ya que fueron personajes dignos de ser recordados, y, asimismo, he logrado averiguar, en su totalidad, los nombres de los trescientos. [...] Por el cadáver de Leónidas se suscitó una encarnizada pugna entre persas y lacedemonios, hasta que los griegos, merced a su valentía, lograron hacerse con él y en cuatro ocasiones obligaron a retroceder a sus adversarios. Esa fase de la batalla se prolongó hasta que se presentaron los persas que iban con Epialtes; pues, cuando los griegos se percataron de que dichos efectivos habían llegado, la lucha cambió radicalmente de aspecto: los griegos se batieron en retirada hacia la zona más estrecha del paso y, después de rebasar el muro, fueron a apostarse sobre la colina todos ellos juntos a excepción de los tebanos. [...] En dicho lugar se defendían con sus dagas quienes tenían la suerte de conservarlas todavía en su poder, y hasta con las manos y los dientes, cuando los bárbaros los sepultaron bajo una lluvia de proyectiles, ya que unos se lanzaron en su persecución y, tras demoler el muro que protegía la posición, los hostigaban de frente, mientras que otros, después de la maniobra envolvente, los acosaban por todas partes. HERÓDOTO: Historia, VII, 219-228.